LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Viernes 05 de Diciembre, 2025

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.» (Gn. 3, 14-15).

Cada año la celebración de la Inmaculada Concepción, precedida por la oración del Mes de María, despierta entre los católicos de nuestra Patria, la más tierna devoción a la Madre del Señor. En ella se deposita confianza y esperanza de que, ocupando un lugar tan fundamental en la historia de la Salvación, puede conseguir de su hijo, nuestro Salvador, todo aquello que mejor nos convenga a nuestra salvación. Hay en ella, espíritu de servicio, en la pronta atención de su pariente Isabel, ya avanzada en su embarazo (Lc 1,39). Ella destaca por su humildad, virtud que permite que nos veamos a nosotros mismos como somos vistos por Dios, lejos de toda fanfarronería y soberbia (Lc 1,48). La Fe de María, es la que Dios quiere despertar en cada creyente. Una fe que lleva a descubrir la centralidad y el poder de Jesucristo, cuando la Madre dice a sus hijos “hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5). Es la fe que la mantuvo de pie junto a la cruz del Hijo agónico, muerto y sepultado, con el corazón herido, pero lleno de la esperanza de que la muerte fue vencida en esa cruz y Él vive, poque es el Dios de la Vida (Jn 19, 25-27). Es la fe de discípula, que reconoce en la oración incesante la labor prioritaria de la naciente Iglesia, en espera del Don del Espíritu Santo (Hch 1,14). Ella es la mujer contemplativa que miraba, amaba, sufría, acompañaba, nutría y todo lo guardaba en su corazón (Lc 2, 19.51), como un secreto tesoro que, al dirigirnos a ella, lo vuelve a abrir y nos permite contemplar lo que ella contempló.

Dios la eligió, por todo aquello que nos dice el Evangelio, y por un sinnúmero de cosas que sólo las conoce la mente de Dios. En ella se cumple la profecía del libro del Génesis (3, 14-15), es ella la Mujer que tiene enemistad con el antiguo enemigo, es ella la que engendra una descendencia Divina, Jesucristo el Señor, que pisotea la cabeza del impostor. La Iglesia cree que en ella se hace realidad aquella descripción final de la Epístola de San Judas (24): “Al que es capaz de guardarnos inmunes de caída y de presentarnos sin tacha ante su gloria con alegría”. Ella fue preservada inmune de todo pecado. La Redención de Dios, alcanzada únicamente por los méritos de Jesucristo, hace de ella la primera redimida, redimida con una Gracia de preservación.

¿Qué miramos, pues, en ella, cada año en esta celebración? Muy especialmente, nuestra mirada se vuelca a aquellas virtudes, que en grado tan eminente la Santísima Virgen vivió. Pedimos su poderosa intercesión ante Dios, para que nuestra vida Cristian crezca en virtudes; para que desterremos de nosotros todo aquello que nos aleja del Rostro de Dios impreso en nosotros (Gn 1, 27).

Es por esto que somos invitados a crecer con confianza en nuestra devoción mariana. A sentirnos cercanos a ella en el uso del Santo escapulario del Carmen, al invocarla como estrella de los mares, o patrona del arma de Infantería, al invocarla cada 10 de diciembre con el nombre de Loreto, o al mirarla cariñosamente en tantas unidades policiales donde escucha a sus hijos y custodia el descanso de nuestros mártires.

Que este 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, no dejemos de invocarla y de imitar al Discípulo amado del Evangelio, quien la recibió en su casa (Jn 19, 27).


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