“Por tanto, todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganselo también ustedes a ellos. En esto consisten la Ley y los Profetas”. (Mt. 7,12)
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La tragedia y el dolor son frecuentes en la vida humana. Todos los hemos vivido, y es en esos momentos cuando agradecemos un gesto, una palabra y la cercanía de otros, en resumen, hacernos sentir que mi dolor a otros les importa. Pero, en medio de tantos dolores por los que clama el mundo en que vivimos, podemos volvernos indiferentes ante el dolor ajeno.
Hoy, el sufrimiento de cientos de familias, que a lo largo de nuestra geografía, pero, particularmente, en las regiones de Ñuble y Bío-Bío, clama a nuestros oídos y a nuestro corazón a causa de los incendios, que aún no logran ser controlados. Y ese clamor, si lo escuchamos y aliviamos, puede sanar nuestros propios dolores. Porque el dolor es salvífico, como tan bellamente lo expresa la Carta Apostólica “Salvifici Doloris” del Papa San Juan Pablo II.
El mismo nos dirá, respecto a nuestra obligación de socorrer al que sufre, como en la parábola del buen samaritano (Lc. 10,25-37) “No nos está permitido pasar de largo, con indiferencia, sino que debemos pararnos junto a él. Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino, más bien, disponibilidad. Buen samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que se conmueve ante la desgracia del prójimo” (Salv. Dols. 28).
Conmoverse ante el dolor ajeno, es sufrir con el que sufre (1 Cor. 12,26) y movernos a la acción de aliviar ese dolor. ¿Cómo hacerlo? Podemos socorrer con dinero o elementos necesarios que podemos donar por tantos canales que se han habilitado para ello. Pero, para un cristiano, eso siempre va de la mano, de la sincera y perseverante oración por los que sufren, ojalá en familia. El dolor ajeno es una bella oportunidad para que los padres conversen con sus hijos y les enseñen la obligación seria de compartir, socorrer y compadecerse. Es oportunidad de aprender la gratitud por lo que se tiene y la necesidad de cultivar una vida que se deleita en lo simple.
Ustedes, queridos hermanos, miembros de las Fuerzas Armadas y de Carabineros de Chile, que en esta oportunidad, como en cada una de las que frecuentemente golpean a nuestra Patria, se ven involucrados en auxiliar a aquellos que afectados por estos incendios experimentan el dolor desgarrador, lleven a Dios en su corazón y tiendan esa mano solidaria que les piden, no por ser la obligación que nos compromete, sino porque queremos llevar un poco de alegría y paz en medio de tanto dolor.
La Iglesia, presente en este Obispado Castrense de Chile, los acompaña con su oración y disponibilidad.
Avda. Los Leones N° 73 - Providencia - Santiago de Chile
Fonos: 22231 0870 - 22231 0872