Acompañar al Señor en su Pascua

Sábado 28 de Marzo, 2026

 

Por Mons. René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena.

 

La Semana Santa será celebrada en nuestras parroquias y comunidades con gran fervor y amor al Señor. Lo acompañaremos en su camino de Cruz y en su Pascua, Dios mediante. Se trata de los días más significativos del año litúrgico, en los que la Iglesia celebra y actualiza sacramentalmente los acontecimientos centrales del misterio cristiano: La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. En ellos se concentra el núcleo de la fe y se renueva la identidad de los discípulos misioneros del Señor.

 

Galerías:

El Domingo de Ramos constituye la puerta de entrada a la Semana Santa. Esta celebración, profundamente arraigada en la piedad del pueblo fiel, nos introduce en un tiempo de especial intensidad espiritual, marcado por la oración, la contemplación y la participación activa en las celebraciones. Al proclamar la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, la comunidad cristiana reconoce en Él al Hijo de Dios que, siendo aclamado como Rey, se dispone libremente a recorrer el camino de la Cruz, su entrega total por amor a todos los hombres. En el Domingo de Ramos la Iglesia acoge a Cristo como el Cordero de Dios, que va al encuentro de su hora definitiva. La procesión de ramos expresa la adhesión gozosa del pueblo creyente, pero también anticipa el drama de la pasión, recordándonos que el seguimiento auténtico de Cristo implica participar tanto de su cruz como de su gloria.
El Miércoles Santo, el Obispado celebra anticipadamente la Misa Crismal, una de las celebraciones más significativas del año eclesial. En ella, el obispo, en comunión con su presbiterio, bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, consagrando también el santo Crisma, que serán utilizados al conferir algunos sacramentos a lo largo del año. Esta celebración manifiesta de modo elocuente la unidad del presbiterio junto al obispo y pone de relieve la dimensión ministerial de la Iglesia, en cuanto comunidad al servicio del Pueblo de Dios. Asimismo, se anticipa la conmemoración del sacerdocio ministerial, renovando en los presbíteros la conciencia de su vocación y misión.
El Jueves Santo ocupa un lugar central en la Semana Santa. En esta jornada, la Iglesia hace memoria de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. En la Última Cena, el Señor se entrega anticipadamente bajo las especies del pan y del vino, dejando a sus discípulos el memorial de su sacrificio y el mandamiento del amor fraterno. La Eucaristía se revela así como fuente y culmen de la vida cristiana, sacramento de comunión y de servicio, que edifica permanentemente a la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
El Viernes Santo, la comunidad cristiana se congrega en torno a la cruz del Señor, signo supremo del amor redentor de Dios. Numerosos fieles participan del Vía Crucis, expresión concreta de su acompañamiento a Cristo en su camino de sufrimiento y entrega. La cruz no es sólo memoria de un acontecimiento pasado, sino revelación permanente del amor con que Cristo se dona hasta el extremo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en Él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3,16).
La Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección constituyen el corazón del año litúrgico. En estas celebraciones, la Iglesia proclama con gozo que Cristo ha vencido a la muerte y la vida ha triunfado definitivamente sobre las tinieblas. La liturgia pascual es una auténtica experiencia de paso: de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida. La Antífona de Entrada del Domingo de Pascua expresa esta alegría fundamental: “He resucitado y estoy de nuevo contigo, aleluia. Pusiste tu mano sobre mí, aleluia: ¡Que admirable es tu sabiduría! Aleluia, aleluia”.

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